Podría haber sido Tigregatica, porque a él le hubiese gustado más. Pero el apelativo de Mono lo definió por las buenas y por las malas, que son las que quiero incluir en este blog. Las buenas y las malas de antes y de ahora. Las mías y las ajenas. Las de nuestro país y las del mundo. Las que nos permiten vivir y las que nos obligan a hacerlo. En Dios creo, y en algunas personas (muertas y vivas) también. No demasiadas. Pero suficientes. Todos los demás, que paguen al contado.

lunes, 6 de agosto de 2007

MONZÓN CUMPLE

Los adjetivos se gastaron, perdieron efecto. Para idolatrarlo, sobreestimarlo, envidiarlo, destrozarlo. No los usaremos, y entonces, a ver qué sale. Carlos Monzón (quien mañana cumpliría 65 años) extendió sus brazos para unir su San Javier con Montecarlo; una partida de truco o un tute cabrero en un tugurio de Martínez con los traseros y las burbujas del Lido de París; su abstinencia de tabaco antes de las peleas con la curda que se agarró -de alegría- en la fiesta de quince de su hija Silvia, cuando terminó desafiando al Negro Olmedo en el arco que dibuja el chorro de la orina, ante los invitados vip arribados en yate al club de ricos y de tenis junto a la laguna Setubal.
Nunca conoceremos el final, pero las puertas del ascensor se cerraron y allí quedó el campeón mundial mediano de las 100 peleas y de las 14 defensas sin mancha, cara a cara con Úrsula Andress. Se reía Carlos, porque los doce pisos de suspenso alcanzaron para engañar a los periodistas y para frotar a las cazadoras de fieras, de aquí y de allá. Siempre pareció a cubierto del peligro, hasta cuando tuvo un estadio cabeza abajo durante el medio minuto de su amnesia con Briscoe, o cuando Rodrigo Valdés le serruchó las piernas pero no el orgullo en su combate del adiós. Monzón, esa cara de suficiencia sobre una historia que debió sufrir a solas en el comienzo y en el final, repartiendo con todos sus compatriotas (?) el interín de cada hora, cada dólar, cada intimidad. Una escopeta como él debió haberse disparado mucho antes en un país que juega sus amores y sus miserias en la bolsa de valores de los demás. El sueño de una sociedad que olvida todo menos su ombligo terminó en otra pesadilla con una esposa sin vida, una jueza sin testigos, un fallo de argentinos. La vedette se borró, los orígenes no; Benvenuti sigue cayendo como un títere, y sólo en Europa o en Nueva York saben cómo era, con qué estaba hecho el tren que lo embistió. Monzón les anunciaba la derecha, los hipnotizaba sin distinción de raza, color o credo. Y creía en pocas cosas: en Dios; en esa camiseta de Colón que un pibe desconocido le escondió en el cajón del viaje; en su potencia más fuerte que sus metacarpos, y en su sed sin adjetivos. Por eso escupía -¿sin motivo?- cuatro veces por minuto. (Del libro Narices Chatas, 2da.edición. Editorial Dunken,2006).

2 comentarios:

la retaguardia dijo...

Amigo Martín: aquí estoy. Rápidamente, podría pensarse que estamos ante una devolución de gentilezas por tus aportes -a veces críticos, otras elogiosos, en general lúcidos- a mis escritos que andan por ahí. Pero no. Ahora aparezco del otro lado, doblando por la esquina, dispuesto a leer y disfrutar con tus letras amanecidas en la mesa de cualquier bar.
Cuando las opiniones nos separen, estaré plantado en el centro del ring, con la guardia baja, como siempre, para disfrutar con nuestros cruces.

abrazo fuerte
fernando tebele

Mariano dijo...

Enrique, como siempre tan explícito y preciso para contar en breve parte de la historia del "Gran" Carlitos Monzón. Su pluma deja en claro los mensajes encerrados con sus metáforas sutiles. Su nota ha sido publicada en el diario y ha sido mencionada, por supuesto con su nombre.
Gracias.
Mariano Girardi