Podría haber sido Tigregatica, porque a él le hubiese gustado más. Pero el apelativo de Mono lo definió por las buenas y por las malas, que son las que quiero incluir en este blog. Las buenas y las malas de antes y de ahora. Las mías y las ajenas. Las de nuestro país y las del mundo. Las que nos permiten vivir y las que nos obligan a hacerlo. En Dios creo, y en algunas personas (muertas y vivas) también. No demasiadas. Pero suficientes. Todos los demás, que paguen al contado.

sábado, 6 de octubre de 2007

DESDE LA HISTÓRICA ALTURA

La melena y la barba oscura, los ojos y la expresión. El poder del símbolo es infinito. La imagen del hombre desnudo de tiempo, yacente y al natural, también lo es. Hemos conocido en distintos países a no pocos jóvenes que ignoran la historia de Jesucristo pero lucen un crucifijo pendiendo de sus cuellos. Jóvenes que suelen provenir de familias no creyentes o practicantes de otras religiones ¿Qué les fascina de la presencia del Cristo en la cruz? ¿Qué les lleva a plantarse en el pecho esa imagen que a escala representa el sufrimiento esculpido en la cara de un hombre? Es difícil contestar a los interrogantes. También resulta complicado lanzar una hipótesis concreta sobre la multiplicación del último rostro de Ernesto Guevara fotografiado en su lecho de muerte en La Higuera hace cuarenta años (el 9 de octubre). Ese símbolo -que también puede rezumar pena, hondura y poesía- es el mismo que millares de jóvenes de todas las razas, credos y nacionalidades reproducen sin pausa, sin rubor (¡hasta los estadounidenses!) y con singular persistencia en sus cuerpos tatuados, en sus coloridas remeras, en los posters que tapizan sus habitaciones. Allí, acaso algunas noches, sueñen despiertos con el hombre a secas, el hombre puro, despojado, noble, casi desnudo, digno y dignificado. Muchos pechos y muchos muros albergan simultáneamente los dos símbolos, las dos imágenes, similares preguntas y tal vez una coincidencia: la emoción de sentirse protegidos, pequeños y gigantes -en la lágrima o en la oración- al apagar la luz de toda incertidumbre con la confianza de poder encenderla nuevamente en el utópico milagro de cada amanecer. Con perdón de Freud y de la Santa Iglesia. Amén. (Del libro "Escenarios", de Enrique Martín).

1 comentario:

Rubén Ayoví dijo...

El Che fue lo más grande. Me alegra que lo destaques, siendo peronista. Quizás haya un hilo común...